27/10/09

Colores

Acariciada por las aguas más profundas de un lago cristalino habitaba una bella náyade (ninfa de agua dulce). Vivió durante los tiempos en que la leyenda dice que hasta el último rincón de la tierra, ya predominen los profundos mares o los grandes espacios de hierba, estaba pintado de dos colores; blanco y negro.

Nubere, pues así se llamaba esta criatura fantástica, salía de su guarida al filtrarse entre la oscuridad del lago los rayos más blancos del amanecer e iluminarla. En un mundo en que ningún ser estaba atado a las obligaciones, la náyade empleó su tiempo libre en saciar sus ojos con el máximo esplendor que rendía su entorno bicolor, pues no conocía más lugares. Esta era su rutina pero se alteró significativamente cuando su anhelo por conocer otras tierras y superar el límite de conocimientos la llevó a decidir que emprendería un viaje sin rumbo, camino que emprendió por la curiosidad.

El primer día recorrió las rutas desconocidas y extrañas con la reconfortante compañía del sol. A su paso vio nuevas flores, grandiosos árboles, ignotas criaturas… A cualquier sitio que dirigía su mirada azabache descubría algo innovador e ignorado anteriormente por ella cuando permanecía en el lago. Al exhibirse la luna con su mejor gala, un cielo totalmente negro que no iluminaría nada a no ser de las flamantes estrellas que inundaban el oscuro tapiz hasta donde alcanzaba la vista, Nubere detuvo marcha para descansar. Se tumbó sobre la fresca hierba que a su alrededor danzaba tiernamente junto al viento para disfrutar de tal paisaje, vista que le llenaba el espíritu de belleza y de paz.

Al despertar por el roce en sus oídos percibido de un alegre cantar de animales que se asimilaban a los de su tierra, ya lejana, a los que llamaba pájaros volvía a marcar el suelo con sus pies descalzos dejando pasos atrás. La ferviente bola luminosa empezaba a asomar de entre el regazo de las silenciosas montañas y Nubere empezó a verlo todo con más sencillez. Sus ojos volvieron a gozar de otro nuevo lugar lleno de árboles que con sus hojas creaban un techo que refugiaba del calor del día pero a pesar de su hermosura no le quitaban protagonismo a las maravillosas flores. Tanta elegancia le llevaron a decorar su hermoso cuerpo de dos únicos colores con hojas, pétalos, hierba… para después cantar y danzar al ritmo de los sonidos que la rodeaban durante todas las horas del día, convirtiéndolo en una risueña sonrisa antes de caer en el reino de los sueños debido por el recuerdo que le había producido sentir otro nuevo sentimiento: la alegría.

En su último día llegó a una solitaria playa, al ver agua tras tanto tiempo, recordó su hogar y quiso explorar bajo aquel manto opaco de líquido salado que le parecía tan diferente en cuanto a apariencias del de su antigua guarida. El entusiasmo por explorar acompañado por la inmensa felicidad la llevó a querer saber que se escondería tras ese misterio. La náyade de agua dulce no soportó las características de este incógnito lugar al lanzarse al mar. Nubere olvidó la precaución.
Después de este sorprendente suceso empezaron a surgir los colores expandiéndose por toda la tierra, infinitos diferentes con sus correspondientes significados pero los primeros que se formaron fueron tres: azul, por el primer día de la náyade que dio de significado a este color la tranquilidad y la paz; magenta, debido al segundo día por el cual se le atribuye la alegría y feminidad y por último el amarillo que significa precaución debido por el trágico fin de Nubere. Estos colores se sumaron al blanco y al negro que solamente vestía el mundo de los cuales se dice que tomaron el significado de paz y elegancia por el esplendor que tenía y que aún se mantiene.

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