A veces, todos nos levantamos una mañana con esa sensación extraña… Una sonrisa a medio camino, unos ojos a punto de llorar o aquel abrazo que no llegó nunca, vienen entonces a nuestra cabeza, recordándonos ese día lo que pudo y no pudo ser.
Antes el camino era mi medio para llegar a lo más alto, en estos momentos sólo es la cuesta que necesito superar para descansar, sentarme y observar. No quiero ruidos que me perturben ni caricias que me espanten pero si guardar la espera de ese abrazo que nunca llegará.
Me desgastó como lo hace la marea
con sus duras olas ante las rocas que permanecen haciéndole frente, y como si
de una guerra se tratase no perdí de vista mi objetivo, disparé una vez tras
otra, sangré por todas las heridas que me gane, pero nunca me asuste, al
contrario, la esperanza siempre me hacía coger una bocanada de aire más, respirar
y sacar pecho para seguir con la batalla…
Me desarmó apuntándome entre ceja
y ceja, solté mi arma pero nunca me arrodille, trague saliva y mire a mi
perdición directamente a los ojos; se aproximaba el fin de una guerra que nunca
debía de haber empezado. Colocó el dedo en el gatillo, mantuve la cabeza tan
alta como mi propio orgullo y disparó.
Perdí, entre una guerra de
argumentos; no perdí mi vida, no, pero si la luz que alumbraba mi camino, casi
toda la fuerza que tenía para permanecer al pie del cañón… Él era de esas personas
que sólo valoraban la luz cuando no
podía ver, sus ideas mataron a las mías y sus formas nunca serían mías, por lo
que hizo que me alejase como una piedra
de su orilla arrastrada por la marea.
Al igual que esa piedra, las
esperanzas de ganar la batalla se hundieron en lo más profundo del mar, pero no
la de esperar una nueva oportunidad para luchar y ver llegar la victoria... ese abrazo.
| Para finalizar...una fotografía que hice en Amsterdam que siempre me hace recordar en mis batallas. |
No hay comentarios:
Publicar un comentario